Esa era la sensación, la vida me abandonaba, pero no tenía miedo. Entonces recordé que me quedaba algo por hacer, que había un lugar donde debía estar…Había una cosa que mi asesino no entendía. No entendía lo mucho que un padre podía querer a sus hijos.
Estaba en el horizonte azul entre el cielo y la tierra. Los días eran siempre iguales y todas las noches tenía el mismo sueño. El olor a tierra mojada, el grito que nadie escuchaba, los latidos de mi corazón contra una maza contra un trapo y oía como me llamaban las voces de los muertos. Quería seguirlas para encontrar una salida, pero siempre volvía a la misma puerta y me daba miedo. Sabía que si entraba no saldría jamás.
Esos eran los queridos huesos que habían crecido en mi ausencia, las conexiones a veces tenues y a veces hechas con grandes sacrificios, pero a menudo magniíicas que habían nacido después de mi desaparición y empecé a ver las cosas de una manera que permitía abrazar al mundo sin estar en él.
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